“La incertidumbre es una posición incómoda, pero la certeza es un absurdo”

— Voltaire

Tardé mucho tiempo en entender esta frase, pero cuando lo logré, me di cuenta del poder que tiene.

Sí, es cierto que siempre buscamos la certeza y el conocimiento, pero tenemos que entender que el conocimiento total es inalcanzable. Nunca lo sabemos todo, y todos pueden enseñarnos algo.

De hecho, nuestro estado natural debería ser la incertidumbre, porque nos abre a mejorar y a aceptar opciones y alternativas; el estado antinatural es creer que lo sabemos todo.

Cuando creemos saberlo todo, destruimos posibilidades y cerramos caminos: es el fin del aprendizaje y del crecimiento personal.

Haber obtenido un título no nos convierte en especialistas en la materia. Ni siquiera obtener un grado superior nos acerca al conocimiento total. Nada de esto nos da la última palabra.

Creer que, por haber desarrollado una actividad o un oficio durante 20 o 30 años, ya no tenemos nada que aprender es precisamente absurdo.

La vida y el conocimiento deberían sorprendernos a diario, y esa sorpresa agradable debería traernos felicidad al final de la jornada, al poder decir: “¡Hoy aprendí algo nuevo!”.

No confundamos la incertidumbre con la indecisión. El líder a menudo decide con información incompleta, pero debe estar abierto a otras opiniones y hacer las correcciones sin vergüenza, porque una de sus habilidades es aceptar que no lo sabe todo.

Por otro lado, un líder que cree saberlo todo ocasiona que, con el tiempo, su equipo deje de opinar, deje de advertirle sus errores y responda solo con lo que él quiere oír. En este sentido, la certeza de un líder en esa condición es solo su realidad distorsionada.

En mis primeros años a cargo de equipos de trabajo, llegué a tener un equipo de 50 personas. Después de algunos meses, me di cuenta de que tendría que dividirlo en tres y escoger a sus líderes. Al principio hice una evaluación mental de los integrantes y, con base en mis observaciones, llegué a tres nombres; pero al momento de reunir al equipo para comunicar la decisión, cambié de opinión y decidí someter la elección a votación. El resultado fue que solo uno de los tres nombres que llevaba en mi cabeza fue elegido por su propio equipo para liderarlo. Con el tiempo, los tres elegidos por sus equipos se convirtieron en jefes de área titulares y también fueron los que más rápido escalaron. Me quedó claro que, aunque yo fuera el jefe y tuviera más experiencia, no tenía el panorama completo, y aprendí que no siempre mi realidad es la REALIDAD.

A partir de este evento y de otros posteriores, aprendí a practicar cuatro hábitos que me han ayudado bastante a crecer como líder:

  1. Pregunta siempre antes de afirmar: eso no te hace menos asertivo.
  2. Acepta que no lo sabes todo y aprende a decir abiertamente “no lo sé”.
  3. Antes de tomar una decisión, abre tu panorama y pregúntate: “¿Qué no estoy viendo?”.
  4. Revisa tus decisiones previas: ¿qué cosas diste por hecho sin fundamento? ¿Cómo resultaron al final?

Vivamos, entonces, en esa incomodidad constante de la incertidumbre y aceptemos también que la certeza es absurda.